martes, 16 de junio de 2026

REFLEXION Si Jesus es Dios, eentonce's empezó a existir desde que nació de María??



 No. Si Jesús es Dios, Él no empezó a existir cuando nació de María.
La enseñanza cristiana bíblica es esta:
1. Como Dios, el Hijo es eterno
Jesús, el Hijo de Dios, existe desde la eternidad. No fue creado y no tuvo principio.
Juan 1:1 dice:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Antes de Belén, antes de María, antes de la creación del mundo, el Hijo ya existía eternamente con el Padre y el Espíritu Santo.
También Jesús dijo en Juan 8:58:
“Antes que Abraham fuese, yo soy.”
Él no dijo simplemente “yo era”, sino “yo soy”, usando un lenguaje que revela su existencia eterna y divina.
2. Como hombre, tomó naturaleza humana en el vientre de María
Lo que comenzó en María no fue la existencia del Hijo de Dios, sino su encarnación.
Juan 1:14 dice:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.”
Es decir, el Hijo eterno de Dios tomó verdadera humanidad. Se hizo verdadero hombre sin dejar de ser verdadero Dios.
Jesús no comenzó a existir como Persona en Belén; más bien, el Hijo eterno asumió una naturaleza humana.
3. Jesús tiene dos naturalezas: divina y humana
Jesucristo es una sola Persona: el Hijo eterno de Dios.
Pero tiene dos naturalezas:
Verdadero Dios: eterno, sin principio, Creador, digno de adoración.
Verdadero hombre: nacido de María, con cuerpo humano, emociones humanas, hambre, cansancio, sufrimiento y muerte real.
Por eso podemos decir:
Como Dios, Jesús es eterno.
Como hombre, Jesús nació de la virgen María.
Como Dios, no puede morir.
Como hombre, murió en la cruz por nuestros pecados.
Como Dios-hombre, resucitó victorioso y salva perfectamente.
4. María no creó a Jesús; fue el instrumento de la encarnación
María no es la fuente de la divinidad de Cristo. Ella no hizo que Dios comenzara a existir.
Pero sí fue la madre verdadera de Jesús según su humanidad. Por eso la iglesia histórica ha confesado que María es “madre de Dios” en el sentido de que el que nació de ella es Dios hecho carne, no un simple hombre separado de Dios.
5. Respuesta corta
No, Jesús no empezó a existir cuando nació de María.
El Hijo de Dios existe eternamente. Lo que ocurrió en el vientre de María fue que el Hijo eterno tomó naturaleza humana para venir a salvarnos.
Como dice Filipenses 2:6-7, Cristo:
“siendo en forma de Dios... se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.”
Ese es el misterio glorioso de la encarnación: el Dios eterno vino a nosotros en Jesucristo para redimirnos.
Apocalipsis 1:8 es un texto muy importante para afirmar la eternidad y divinidad de Cristo, y encaja muy bien con la respuesta.
Apocalipsis 1:8 dice:
“Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.”
Este versículo enseña varias verdades poderosas:
1. “Yo soy el Alfa y la Omega”
Alfa y Omega son la primera y la última letra del alfabeto griego. Es una forma de decir: “Yo soy el principio y el fin de todo.”
Cristo no es una criatura que comenzó a existir. Él es eterno, soberano y Señor de la historia.
2. “El que es”
Jesús no solamente existió en el pasado; Él vive eternamente. Él es el Dios presente, vivo y real.
3. “El que era”
Antes de su nacimiento en Belén, Cristo ya era. Antes de María, antes de Abraham, antes del mundo, Él existía eternamente.
Esto concuerda con Juan 1:1:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
4. “El que ha de venir”
Cristo vino en humildad en su primera venida, nacido de María, pero vendrá otra vez en gloria para juzgar a vivos y muertos y establecer plenamente su Reino.
5. “El Todopoderoso”
Este título no se le puede dar a una criatura. “Todopoderoso” pertenece a Dios. Por eso Apocalipsis 1:8 afirma la divinidad de Cristo y su autoridad absoluta.
Entonces, la respuesta completa sería:
Jesús no comenzó a existir cuando nació de María. Como Hijo eterno de Dios, Él es “el que es, el que era y el que ha de venir, el Todopoderoso” (Apocalipsis 1:8). Lo que comenzó en el vientre de María fue su encarnación: el Dios eterno tomó naturaleza humana para salvarnos.
Entoces:
“Belén no fue el comienzo de Cristo; Belén fue la manifestación del Cristo eterno en carne humana. El niño que nació en el pesebre es el mismo que dice: ‘Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que ha de venir, el Todopoderoso.’”
Amén.

lunes, 15 de junio de 2026

Reflexión: Agradar a Dios — el camino que empieza en el corazón y transforma toda la vida

 

 

A menudo llevamos dentro una idea equivocada: creemos que agradar a Dios se reduce a cumplir normas, asistir a reuniones, evitar ciertas conductas o hacer obras que parezcan grandes ante los ojos de los demás. Como si existiera una lista de requisitos que, al completarla, nos ganamos su aprobación definitiva. Pero si leemos con atención lo que la fe nos enseña, descubrimos que esta visión queda muy corta frente a lo que realmente Él busca. Agradar a Dios no es un trato comercial ni un examen que debemos aprobar; es, ante todo, una relación viva, sincera y profunda.

 

La pregunta que hiciste —¿cuál debe ser mi principal prioridad?— toca el centro mismo de la existencia humana. Jesús la respondió sin rodeos, resumiendo toda la ley y los profetas en dos mandamientos inseparables: amar a Dios con todo el corazón, alma, mente y fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. Y el apóstol Pablo añade una verdad fundamental: “Sin fe es imposible agradarle”. Aquí está la clave: el punto de partida no son nuestras acciones, sino nuestra confianza. A Dios no le impresionan tanto lo que hacemos, sino desde dónde lo hacemos. Hay actos que parecen nobles pero nacen de orgullo o búsqueda de reconocimiento, y otros pequeños —una palabra amable, el perdón que cuesta, la honestidad en lo oculto— que le son muy gratos porque brotan de un corazón que confía en Él.

 

Poner a Dios como prioridad no significa abandonar lo que nos rodea —familia, trabajo, deberes, sueños— sino cambiar el centro alrededor del cual todo gira. Cuando Él ocupa el primer lugar, las cosas no desaparecen, sino que reciben su verdadero peso y sentido. Dejamos de vivir para complacer a los demás, para acumular sin medida o para huir de las dificultades, y empezamos a vivir buscando que nuestra vida refleje su carácter: justicia, misericordia, verdad, humildad. Como dice el profeta Miqueas, lo que Dios pide es claro: “hacer justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios”. Son tres acciones que resumen todo el camino: no basta con saber lo correcto, hay que practicarlo; no basta con ser justo, hay que ser compasivo; y todo debe nacer de una cercanía diaria, no de momentos aislados.

 

Es importante entender también que agradar a Dios no requiere que nunca nos equivoquemos. La fidelidad no es ausencia de fallos, sino voluntad de levantarse y volver a orientarse hacia Él cada vez que nos desviamos. Lo que aleja no es el error en sí, sino cerrarse a la corrección y olvidar que su amor no depende de nuestro rendimiento, sino de su fidelidad. Cuando aceptamos que somos limitados y nos apoyamos en su gracia, dejamos de vivir bajo presión y empezamos a vivir con libertad: la libertad de ser nosotros mismos, pero construidos y guiados por lo que Él quiere para nosotros.

 

En el día a día, esto se traduce en detalles que a veces pasan desapercibidos: trabajar con honestidad aunque nadie vigile, escuchar con paciencia a quien necesita hablar, mantener la palabra dada, cuidar lo que se ha recibido, buscar la reconciliación antes que ganar una discusión. Son cosas “pequeñas”, pero en ellas se revela si realmente Él es la prioridad. Porque lo que hacemos en lo ordinario con amor y fe, ante Dios es grande.

 

Y hay algo más: cuando tu principal prioridad es agradar a Dios, no pierdes nada verdaderamente valioso, sino que ganas perspectiva. Entiendes que tu vida tiene un propósito más amplio que tus planes personales, y que lo que construyes con Él permanece más allá de lo que se ve y se acaba. Agradarle es, en última instancia, aprender a vivir respondiendo a su amor, no buscando ganarlo. Es decirle con hechos: “Tú eres lo más importante, y en todo lo que hago quiero que estés Tú”.

✨ Oración breve para acompañar la reflexión

 

Señor,

hoy te pido que cambies mi mirada: que no viva para cumplir reglas, sino para responder a tu amor.

Enséñame a ponerte realmente en primer lugar —en lo grande y en lo pequeño—, a amar con sinceridad y a caminar con humildad a tu lado.

Cuando me equivoque, dame valor para levantarme y volver a ti.

Que mi trabajo, mis palabras y mis relaciones sean reflejo de tu justicia y tu misericordia.

Haz que mi vida entera sea un “sí” diario a lo que tú quieres.

Amén.

domingo, 14 de junio de 2026

Reflexión: ¿A dónde van los que mueren hoy sin Cristo?

 


Esta es una de las preguntas más serias que podemos hacer. No debe responderse con morbo, miedo manipulador ni dureza, sino con reverencia ante Dios, amor por las almas y fidelidad a la Escritura.


La Biblia enseña que morir sin Cristo es presentarse delante de Dios sin el único Salvador que puede quitar nuestro pecado.


1. La muerte no es el final


Hebreos 9:27 dice:


“Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.”


Según la Escritura, la muerte no termina la existencia humana. Después de la muerte viene el encuentro con Dios. No entramos en la nada ni simplemente desaparecemos. Comparecemos ante Aquel que nos creó, nos conoce y juzga con perfecta justicia.


Esto debe despertarnos. La vida presente no es un juego. Nuestro destino eterno está unido a nuestra respuesta ante Dios y ante su Hijo Jesucristo.


2. Sin Cristo, el ser humano permanece en su pecado


Jesús dijo:


“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”

Juan 14:6


Y también:


“El que cree en él no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.”

Juan 3:18


La razón por la que alguien se pierde no es simplemente por “no tener religión”, sino porque permanece separado de Dios por causa del pecado. Cristo vino precisamente a salvarnos de esa condición.


Juan 3:36 declara:


“El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.”


Estas palabras son fuertes, pero son palabras de Cristo y de los apóstoles. No son dadas para que despreciemos a nadie, sino para que entendamos la urgencia del evangelio.


3. Los que mueren sin Cristo enfrentan juicio y separación de Dios


La enseñanza bíblica muestra que quienes mueren sin Cristo pasan a una condición de espera bajo juicio, separados de la comunión salvadora con Dios, hasta el juicio final.


Jesús habló de esta realidad en Lucas 16:19-31, en la historia del rico y Lázaro. Allí presenta a un hombre que, después de morir, está consciente, en tormento y sin posibilidad de cambiar su destino. El énfasis del pasaje no es satisfacer nuestra curiosidad sobre todos los detalles del más allá, sino advertirnos que la vida presente es el tiempo para arrepentirnos y escuchar la Palabra de Dios.


Luego, Apocalipsis 20:11-15 habla del juicio final, donde los muertos son juzgados delante del gran trono blanco. Allí se menciona el “lago de fuego”, que representa la condenación final, también llamada “la muerte segunda”.


Esto significa que morir sin Cristo no conduce a reposo, sino a juicio. No conduce a la presencia gozosa del Padre, sino a separación eterna de Dios.


4. El infierno es real, pero no debemos hablar de él con ligereza


Jesús habló del infierno más seriamente que nadie. Lo describió como lugar de castigo, tinieblas, llanto y separación. Véase Mateo 25:46:


“E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.”


Pero si Jesús habló del juicio, también lloró por los perdidos. Él no se complace en la condenación. Dios dice en Ezequiel 33:11:


“No quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva.”


Por eso, una reflexión bíblica sobre los que mueren sin Cristo no debe producir orgullo religioso, sino lágrimas, oración, evangelismo y compasión.


Si creemos que sin Cristo hay perdición, entonces no podemos vivir indiferentes ante nuestra familia, amigos, vecinos y compañeros. La doctrina del juicio debe encender amor, no soberbia.


5. Solo Dios conoce perfectamente cada corazón


Debemos afirmar con claridad lo que la Biblia enseña: fuera de Cristo no hay salvación.


Hechos 4:12 dice:


“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”


Al mismo tiempo, debemos hablar con humildad. Nosotros no somos el juez final de las personas. No conocemos plenamente el corazón, la conciencia, la luz recibida ni los últimos momentos de una vida. El Juez es Dios, y Él siempre juzga con justicia perfecta.


Génesis 18:25 pregunta:


“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?”


Sí. Dios hará lo justo. Nadie será condenado injustamente. Nadie podrá decir ante Él: “Fuiste injusto conmigo.” Su juicio será santo, verdadero y perfecto.


Pero esa humildad no elimina la urgencia: si alguien escucha hoy el evangelio, hoy debe responder.


6. Hoy es el día de salvación


2 Corintios 6:2 dice:


“He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación.”


La pregunta no debe quedarse solamente en: “¿A dónde van los que mueren sin Cristo?”


También debe llevarnos a preguntar:


¿Estoy yo en Cristo?

¿He recibido su perdón?

¿He nacido de nuevo?

¿Estoy compartiendo el evangelio con amor?

¿Estoy orando por los que aún no conocen al Señor?


Cristo no vino para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él. Pero rechazar al Salvador es permanecer bajo condenación.


Juan 3:17 dice:


“Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.”


La puerta de la gracia está abierta hoy. Cristo murió por pecadores. Resucitó venciendo la muerte. Perdona al que se arrepiente. Recibe al que viene a Él. Ningún pecado es más grande que su sangre. Ninguna vida está demasiado lejos si vuelve a Cristo con fe.


7. Conclusión


Los que mueren sin Cristo enfrentan juicio, separación de Dios y condenación eterna. Esta es una verdad solemne de la Escritura. Pero no se nos revela para alimentar temor vacío, sino para llevarnos al arrepentimiento, a la fe y a la misión.


La respuesta de la Iglesia no debe ser frialdad, sino clamor:


Señor, salva.

Señor, ten misericordia.

Señor, úsanos para anunciar a Cristo.


Porque mientras hay vida, hay llamado. Mientras hay aliento, hay oportunidad de venir a Jesús. Y todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo.


Romanos 10:13 dice:


“Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”


Oración:


Señor Dios, danos un corazón sensible ante la eternidad. Líbranos de la indiferencia y del orgullo. Ayúdanos a vivir en Cristo, a predicar a Cristo y a orar por los que aún no le conocen. Ten misericordia de nuestras familias, de nuestros amigos y de este mundo perdido. Que muchos vengan al arrepentimiento y encuentren vida eterna en Jesús. Amén.

REFLEXION Si Jesus es Dios, eentonce's empezó a existir desde que nació de María??

  No. Si Jesús es Dios, Él no empezó a existir cuando nació de María. La enseñanza cristiana bíblica es esta: 1. Como Dios, el Hijo es ete...